Las locuras de Rafael Ocampo

Milenio

Rafael: selección de blanco, sí; de aquí al Mundial. ¿Por qué no de negro?, el motivo sería crudo, planteado con sinceridad y sin beneficio comercial. Adiós al uniforme verde, sin broma; para que extrañemos la esperanza. Retirémoslo en un partido internacional. Mejor contra Brasil, juguémoslo a puerta cerrada, así; en silencio y sin vida. Con la tribuna del Azteca llena de flores, en señal de luto por nosotros mismos; y sean nuestros muertos los que llenen el estadio. Regalemos los derechos del juego a todas las televisoras. Mandemos pintar el rostro del asesino o el político corrupto en centros de cancha y vallas de estática en los estadios. Imprimamos la foto de cada hijo de puta en millones de boletos en taquilla por jornada. Avisen a FIFA, que en México los goles se festejarán con la camiseta levantada y por debajo, aparecerá el mensaje de ¡SE BUSCA! Mejor aún, que se canten en silencio, inventemos un gesto identificado con valentía y coraje para ganar el juego de la vida. Homologuemos la comunicación por cada futbolista y equipo. Grabemos esos spots, inundemos los previos de partidos y diarios. Pero sin canciones cursis, ni pendejadas de “yo amo al futbol”. Pongamos cuerpo al “copy”, cambiemos el nombre de los torneos Clausura y Apertura, por el de Angustia y Amargura, que cale y el trofeo sea de piedra; in memoriam. El futbol como denunciante audaz, empeñando su alegría paliando el dolor. Ninguna locura. Ocampo tiene razón pidiendo más compromiso y menos pose. Alcanzará para un rato y luego se les va a escurrir. ¿El futbol es un medio o un mensaje? Aquí es cuando valen madre las medallas y el puñetero quinto partido. Busquemos salvación en el deporte que cría chavos sanos y educados. Que su naturaleza saludable se meta por las venas del país. Que no existan en México niños sin libros, cuadernos, tenis, balones, bicicletas, campos, escuelas, maestros y entrenadores. Aunque primero, ya sabemos, tienen que amagar el hambre gambeteando un bolillo y driblar una bala para sobrevivir. ¡Puta madre!, qué desesperación, qué razón, qué desgracia. ¿Qué hacemos, Rafael, cuando digan que son locuras y no ideas?

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